Mi primera entrada debió versar sobre mi procedencia, de manera de informar a quienes aún no me conocen de donde soy, que hago, o donde vivo.
Debería haber comenzado por decir que soy venezolano, nacido en Caracas, para más referencias. Decir también que la casa donde nací, crecí y vivía hasta venirme a vivir aquí está al noreste de esa ciudad.
Decirles que, cada mañana me levantaba y cuando tomaba café lo hacía desde una terraza donde hay una hermosa vista al Ávila, esa hermosa montaña que separa a Caracas del mar, que es pulmón de la urbe caribeña y centro de las miradas de todos los habitantes y paseantes de tan agitada metrópolis.
El Ávila es el corazón de Caracas y todas las personas que conocen la ciudad pueden sentir la magia de esta gran y longitudinal montaña. Magia que se ve y se siente en su cambiante color, a veces un verde muy intenso, otras tantas verde más claro y hacia el final de la tarde es de un azul verdoso, que con la entrada de la noche se va tornando muy azul, casi rosando con el negro.
Escribir de esta ciudad me llena de recuerdos, pero pensar en el Ávila me llena de energía y sólo atisbo a repetirme calladamente aquellas frases que califican a Caracas como la sultana del Ávila.
Para mí hoy Caracas es una hermosa ciudad, caótica, insegura, pero llena de belleza. Belleza y carácter que le brinda esa enigmática montaña que tantos placeres me ha brindado.
Pero debo decir que inicialmente quería hablar hoy de Barrika, de ese pueblito de la costa vizcaína que me ha llenado de alegrías, amores, soledades al tiempo que me he ido acostumbrando a vivir entre los vascos.











