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  • lunes, 24 de febrero de 2014

    Hay alegrías...

    Hay alegrías que se nos quedan en el cuerpo por largo tiempo. Se esconden de a poquitos en algún rincón de la piel y duran ocultas muchos días. He sabido de casos prodigiosos que duran meses, incluso años...

    En los niños por ejemplo, como son pequeños de cuerpo y las alegrías siempre, por ley, siempre son grandes. Entonces en ellos duran más y para colmo de algunos adultos los niños tienen el don de poder unir una alegría a otra, sin pausas. Así es. Y está comprobado. 




    Sus alegrías siempre afloran, desde sus miradas, en sus sonrisas incansables, en su risa chispeante, generosa y por demás contagiosa. Su alegría la recibimos en sus besos, casi siempre húmedos, o llenos de galletas y chupete. Y la sentimos en sus abrazos gigantes que, aunque no abarquen todo nuestro cuerpo sí abrazan todo nuestro ser.




    Es que la alegría de los niños se les escapa hasta en el llanto. ¿O a caso no habéis visto a un niño llorar intensamente y al ser sorprendido por algo sus ojos se llenan de sorpresa, se les ilumina la mirada y el llanto se acaba y la sonrisa florece como el sol de primavera. Pruebe a hacer lo mismo con un adulto que esté llorando.

    He visto niños que se alegran de sólo ver a las hormigas cargar con hojas verdes de un lado a otro. Niños a los que la lluvia les moja de alegría. ¿Ha visto últimamente a un adulto que esté feliz porque empieza a llover? Creo la felicidad no le cabría de tanta preocupación por el catarro que le persigue tras cada gota que le cae...




    He visto niños muy felices hasta jugando con sus propias cacas, que al ser sorprendidos por sus padres su cara resplandece aún más por haber encontrado una nueva diversión, pero sus padres atacados, sin saber por dónde cogerles, y todos preocupados e incómodos gritan alarmados y espantan así la gran felicidad del niño, producto de la intimidad del niño con sus cacas. Para un adulto  este suceso, si lo vivió, prefiere no recordarlo. Este episodio no aparece en su biografía autorizada.




    Pero he visto más... He visto adolescentes muy felices y nerviosos, al descubrir que la chica que les gusta también se siente atraída hacia ellos...

    También he visto en el metro hombres con cara de tontos, que van sentados solos, sonriéndose consigo mismos mientras acarician alguna escena vivida con aquel ser que les hace mantener esa felicidad en la mirada.

    Y me he encontrado con personas mayores, ancianas tal vez, que al ver unas cuantas vainas nacer en su huerta sus ojos se llenan de lluvia por el milagro de recoger otra cosecha.

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